Hoy, sin compra.


15-05-2017 productos frescos en restaurante Viridiana Abraham García
productos frescos en restaurante Viridiana

Ni chupinazo como en Pamplona, ni mascletá (palomitas jurásicas) como en Valencia: tan sólo anoche unos fuegos con silenciador que propiciarían más de un coitus interruptus en el bucólico Retiro. Aquí en este coso manchego que nos habita, sólo sabemos que estamos en fiestas por los carteles taurinos; afiches que, abandonando su obsoleto aire casposo, esta temporada han cargado la suerte con un diseño que recuerda al Far-West (¿en cuál torea Billy el Niño?). Sin tiempo aún para hacerle la fellatio a un Montecristo en mi contrabarrera del 9, anhelo los paseíllos de mis idolatrados Curro Díaz (la sangre gitana nos une) y el del gladiador de Murcia Rafaelillo. ¡Cuánta torería, cuánto arrojo y cuánta belleza caben en sus doloridas franelas! Me voy consolando, mientras tanto, con el onanista mando a distancia.  

Ardo de impaciencia (mi pasión por la lidia comenzó cuando me extasiaba leyendo al dorso de cajas de cerillas la encendida prosa de Gregorio Corrochano) porque se abra de par en par  y de manera reiterada la Puerta Grande. Los toros, nuestra afición favorita (los caballos no son celosos) necesitan con urgencia un revulsivo que los devuelva a las alturas, como en esa edad de oro que la mordedura de los años jamás arrancará del albero de mi memoria.

Mientras tanto, ahí va mi sentido y acalorado aplauso, que sumado al de millones de aficionados, y con la ayuda del aire de los pañuelos, conseguirá elevar la Fiesta (que siempre se llamó Nacional y amenaza con quedarse en provincial) al altar que merece.

Para celebrar tan importante día, permítanme tentarles desde los medios con ese guiso, cuyo borboteo se asocia al repicar de las teclas del ordenador, que felizmente torea castañas (¿novedoso?, no; cardillos y castañas ya convivían en el puchero  antes de que, flojos de remos y buscando la querencia, se encamaran los toros de Guisando), cardillos y una manoletina de cocochas de merluza en azafranado potaje que a partir de la una y media arrastrarán las desbocadas cucharas. En el burladero de la botella, un Voché  de uva graciano, sobrio  y ligero, entre nazareno y obispo, que sonrojará nuestros gaznates. ¡Apuntillen al botijo, joder!

Por cierto, fuentes fidedignas tildan de apócrifa la gastada leyenda que nos pintaba a San Isidro postrado de hinojos y rezando con vehemencia. La realidad es que, mientras los bueyes araban, el santo fatigaba el Ministerio de Agricultura para pillar subvenciones

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J.L. Borges

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