Y Dios abrió el bar


04-09-2017 productos frescos en restaurante Viridiana Abraham García
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Dudo que en el plató del mundo, juguete de Dios, haya otra filmografía que, como la nuestra, pueda exhibir tal guirnalda de secundarios, Midas de la pantalla que, desde un segundo plano, ennoblecieron  cuanto tocaron: Lola Gaos, Mari Carrillo, Terele Pávez (por ceñirme tan sólo a un glorioso podio femenino) permanecerán en las agradecidas pupilas de nuestro corazón hasta que también nosotros seamos ceniza consentida.

Duro de mollera, me costó entender la relación entre trueno y relámpago (algunas tribus africanas jamás supieron que la maternidad fuese una consecuencia de la cópula). Con Terele, que hablaba con los ojos, siempre dudé qué era primero, si el gesto, el pensamiento o su voz de lija.

-A mandar, señora. Hemos abierto para usted -declamó arrobado el endomingado camarero celestial.

-¿Y mi familia? -inquirió angustiada.

-Vendrá de inmediato  -precisó ceremonioso- Emma algo más tarde, que se está maquillando -añadió mientras acercaba un taburete.

-Acomódese, señora, que estará machacada del viaje.

-¿Fatigada? ¿De qué? –Apuntilló- Vengo hecha una rosa. Pero mira, a un vinito blanco para regar la plaza no me resisto.

Ojalá el cine español, que ella engrandeció, hubiera sido siempre tan complaciente; angosto Guadiana de celuloide que con frecuencia le cerró su cauce. Pero Terele, sirena del asfalto que muy pronto cambió el Nervión por el Manzanares, también sabía nadar en los charcos.

Y en esto llegó Dios que, sin saludar y señalando la copa, exclamó:

-¿Así que también tú eres de blanco? Y perdona que te tutee.

-Hay confianza. Para algo somos paisanos ¿no? Bueno, soy de blanco y negro; pero, en cuanto a  vinos, el blanco es la excelencia, no me compares.

Y Terele levantó el ambarino vidrio mientras preguntaba:

-¿También acoges a esos confundidos que afirman que el mejor blanco es un tinto, o que el blanco es para los pescados y el tinto para las personas?

-No, mujer, esos van todos al infierno.

Y Dios, sin prisa, medió un vaso. Dejó su bibelot, una bola que encerraba el mundo, sobre el mostrador; dio un tiento al vino, entornó los ojos mientras lo acariciaba en el cuenco de la boca, arrimó un cenicero y, amielando la voz que tronó en el desierto o fue látigo en el templo, musitó:

Qué ganas tenía de verte, niña grande! ¡Pásame la libreta, camarero! Paisana, ¿te importaría firmarme un autógrafo?

Viridiana


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