JUGANDO CON HIELO


12-09-2017 productos frescos en restaurante Viridiana Abraham García
productos frescos en restaurante Viridiana

Sandy, Evelyn, Catherine  Lía  y Ángel  deconstruyendo (cada vez que escucho este palabro desenfundo) el gin-tonic.

Tiempo atrás, cuando yo perseguía caballos y “Brigittes” por ambas orillas de la Sena (me enamoran esos giros femeninos tan habituales en la lengua de Montaigne), haraganeé mañanas enteras por Madeleine, reducto burgués por excelencia aunque ahora se haya “devaluado” con el toque plebeyo de Zara o Adolfo Domínguez. Así me topé (probablemente en Fauchon, ya no recuerdo) con unos cubitos de hielo importados de más allá del Yukón, allí donde al último esquimal de Jack London se le apagó la cerilla.

Los hielos, de un tamaño que hubiera amedrentado al Titanic, tenían la peculiaridad de haber sido pisoteados por los cansados pies de Big Foot y las zarpas del tiempo. Eterna presión que había encerrado gas en su interior, para que luego, en el vaso, entre el volcán de la ginebra y el géiser de  la tónica, emitieran un leve petardeo. Una mariconada, vamos.

Vaticinó de Gaulle que se hundiría antes la Renault que Fauchon. Y en efecto, esta despensa del lujo aún sigue en pie, soportada por columnas de ostentación. Pero es cierto que, tras cambiar reiteradamente de dueño y estilo, ya no es ni la sombra de lo que fue en los tiempos en que Irma la Dulce y su algodonoso perrito incendiaban su lujuriosa acera.

Madeleine, ayer y hoy me sigue pareciendo el epicentro culinario de París, es decir, del mundo. Allí los velados espejos de Lucas Carton, empañados por el vaho de los flambeados del tiempo; allí la pantagruélica y sutil despensa de Maille (por si le apetece estornudar con sus mostazas); allí el mayor viñedo del mundo en las surtidas Nicholas y Lavinia; allí la luctuosa Casa del Caviar, que exhibe en su escaparate un desierto negro entre diamantes de vodka.

Y no es casualidad que mi Burdeos favorito siga siendo el Chateau Madeleine.

En algún hotel de la plaza de tal nombre, de empolvadas moquetas y techos abuhardillados, tan bajos que cada vez que me levantaba me dejaba los cuernos, hice noche más de una vez. A cambio de tantas estrecheces, mi alojamiento me permitió, como al protagonista de El Aleph (ese prodigio en el que Borges anticipó la ventana de Internet), comerme el mundo en picado mientras el alba devoraba la noche

Y añoro a las voluptuosas meretrices de antaño que, aún a riesgo de morir estranguladas cual Isadora Duncan, exhibían fular y escote en cochazos descapotables. Pasaron los días en los que se hablaba sin tregua de los sin techo.
Me costó entender que “sin techo” no aludía a motorizada gente sin capota. Desmedidos se me antojaban los flamantes bólidos de ellas, las meretrices, digo, considerando que ejercían su impagable labor en horizontal. Curiosamente, sus rufianes, de indumentaria trasnochada, charol en los pinreles y cara de mastín, eran de infantería.

Yo gocé ese pasado distinto, que no mejor. Yo estuve allí.

Me pregunto si aún seguirán importando tan curioso hielo musical y puestos a pedir bueno sería que lo tuvieran a la carta: ¿Cómo lo prefiere el señor, con La Marsellesa o Ay Carmela?  Y si ya no lo venden, mejor será que se apresuren, ahora que, con el cambio climático, los esquimales de Jack London necesitan nevera.

Ayer, en Makro, sus precios me dejan “demakrado”, sus tiendas tienen algo menos de glamour que Fauchon (y para colmo no sirven a domicilio, cosa que ya practica incluso el chino de la esquina. Vamos, que como no sea para puntuales bebidas es mejor darles esquinazo), descubrí, con gélida sorpresa, unos vasitos de agua de la sierra de Cazorla para hacer hielos. Vasos que se me antojaron pequeños e incómodos de manejar. Mil veces mejor los plebeyos y grandes hielos de gasolinera, con y sin plomo.

Ingenuo de mí, creía que la moda del gin-tonic sería tan fugaz como las burbujas de la tónica. Diez años después, ese imparable géiser sigue multiplicando marcas en una gama que va de lo sublime a lo deleznable, siendo mayoritarias estas últimas. Algunas las habría escupido Hemingway.

Creo que lo sensato es no tener más allá de doce referencias, y mejor cuanto más secas. Ginebras siempre escanciadas en jurásica copa, generosa en hielo.

En cuanto a la tónica, nada he de objetar a la longeva Schweppes, cuyo deslumbrante anuncio sirvió para una memorable escena de El día de la bestia.

Un bucle de limón amarillo, un gajo de erótica toronja (pomelo rosa) y una rodajita de verde limón. Olvídese de las macedonias de frutas que tantas veces deshonran el vaso, condene el pepino al gazpacho, el enebro para los alambiques, el cardamomo para los derviches, y los capullos de rosa… para los capullos que tanto proliferan.

 

 

 

 

Viridiana


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J.L. Borges

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